Se cumplió la promesa de Jesús: «recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra» (Hechos de los Apóstoles 1, 8)

Pentecostés nos recuerda el lenguaje del amor

The day of PentecostSi hacemos memoria, Pentecostés nos remite al clima de fiesta. La alegría reinaba en la gente que provenía de todos los pueblos para celebrar, lo que se llamó en un principio, la fiesta agrícola de la recolección, y que después se transformó  en la conmemoración del hecho histórico de la alianza, convirtiéndose finalmente en la fiesta del don del Espíritu, la Nueva Alianza.

Juan nos dice que los discípulos de Jesús estaban reunidos a puertas cerradas por miedo a los judíos (Cf. Jn 20,19), esto quiere decir que se mantenían al margen de lo que el pueblo vivía por el miedo a correr la misma suerte del Maestro.  Suponemos que los invadía el temor, la tristeza y el sentimiento de orfandad después de la Ascensión. Memoria del dolor y sufrimiento de la cruz, la  muerte, la dispersión, la falta de esperanza. Pero en ese clima el Espíritu que se manifestaba como viento impetuoso y como fuego, tocará  a cada uno y transformará hondamente a los discípulos, convirtiéndolos en comunidad de los seguidores de Jesús: para consolar, alentar, animar, fortalecer y enviar.

Un doble milagro subraya el sentido de este acontecimiento: los apóstoles se expresan en lenguas para cantar las maravillas de Dios (Hch 2, 3). Pero este hablar en lenguas, aunque por si es ininteligible (1Co 14,1-25), ese día es comprendido por toda la gente allí presente. Este es el milagro de audición, signo de la vocación universal de la Iglesia porque estas personas provenían de las más diversas regiones (Hch 2, 5-11).

Llenos del Espíritu para salir!. El grupo encerrado por miedo , derriba las puertas de su encarcelamiento voluntario y, rompiendo las barreras del temor, sale a anunciar a todas las naciones la buena noticia de Jesús, la irrupción de un tiempo nuevo. La Iglesia hoy, como la comunidad de ayer, está llena del Espíritu que la impulsa a salir de sí misma para anunciar, a todos los pueblos,  el proyecto de humanidad y de sociedad que Dios soñó desde de la creación.

Pentecostés es la plenitud de la Pascua es Comunidad abierta a todos los pueblos. El Espíritu se da con vistas a un testimonio que se ha de llevar hasta los confines de la tierra (Hch 1, 8); el milagro de audición subraya que la comunidad mesiánica se extenderá a todos los pueblos (Hch 2,5-11). El Pentecostés de los paganos (Hch 10,44ss) acaba de hacerse patente: «recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8).

Es el momento de la luz, el Espíritu nos ayuda a entender que la cruz es fidelidad al proyecto del Padre y fidelidad a su pueblo. Pentecostés nos muestra que el anuncio parte de los acontecimientos de la vida , comprometiéndonos con la realidad. La Palabra pronunciada nos saca el velo para comprender por donde pasa la vida. Palabra encarnada,  anuncio que invita a la conversión, adhesión al proyecto de Jesús a ser vivido en comunidad.

Cuál es la novedad? La comunidad de los seguidores de Jesús, se reúne en las casas, en la casa no hay jerarquización como lo había en el templo. Las relaciones son de reciprocidad, cercanas y fraternas. La casa es el espacio de las mujeres, diaconisas. Es el ejemplo de María, la casa de Lidia, la casa de Priscila y Aquila, la casa de Febe. La casa es espacio que acoge, allí se comparten los bienes para que no hayan necesitados. En la casa son asiduos a las enseñanzas de los apóstoles, se transmite y se profundiza la memoria de Jesús que se hace práxis. Se celebra la fracción del pan,  se acerca la gente más simple, pescadores, trabajadores, mujeres, no son precisamente escribas o doctores de la ley.

No es el tiempo de mirarnos a nosotros mismos, de anhelar aquellos tiempos en los que éramos más relevantes en el ámbito social, o de vivir lamentándonos por la crisis de los “valores tradicionales”… El tiempo del Espíritu es el tiempo de salir, de ir a todos los rincones donde la vida humana y la sociedad necesitan nuevos horizontes de sentido, que sean capaces de curar las heridas que ha causado el olvido de la primacía de lo humano, sin pretender imponer nada, testimoniar el mensaje de Jesús, El Espíritu nos trae creatividad y coraje, ¡Salir es arriesgado! No faltarán las críticas, las incomprensiones y las descalificaciones, pero, como dice Francisco, es preferible una Iglesia herida a una Iglesia encerrada.

Dejar que el Espíritu irrumpa en nuestros corazones, para construir una casa comunidad universal y acogedora. Que nuestras ciudades, al igual que Jerusalén el día de la Fiesta de Pentecostés, sean espacios de pluralidad y diversidad,  porque en ellas confluyen distintas lenguas, culturas, ideas políticas y religiones que las hacen cada vez más mestizas. El Espíritu no nos envía a un grupo selecto de personas, nos envía a anunciar el Evangelio y a proponer el camino de los discípulos a todos: a los sabios y a los ignorantes, a los más empobrecidos y olvidados, a los ricos, a los que no piensan como nosotros, a los hombres y mujeres independientemente de su orientación sexual, a los refugiados, inmigrantes y a los autóctonos, a todos, porque la acción del Espíritu no tiene fronteras.

Dejemos que el Espíritu irrumpa en nuestros corazones, para que triunfe el lenguaje del amor sobre la arrogancia y la prepotencia de los poderosos, no dejemos confundir “las lenguas” sin llegar a entendernos. No estamos llamados a construir una torre (Babel) que llegue hasta el cielo, Pentecostés es la llamada transformadora del Espíritu, a romper barreras aquí en la tierra, para generar condiciones de justicia, paz, respeto, reconocimiento y reconciliación, porque es la única forma que se entienda el Evangelio de Jesús.

Siento el eco del himno de la Ascensión: "No, yo no dejo la tierra. No, yo no olvido a los hombres, aquí he dejado la guerra, arriba están vuestros nombres”..

Que el Espíritu nos transforme en llamas vivas que nos acerque más al Dios de la Vida, para consolar, animar, sostener, fortalecer y enviarnos a un mundo que está olvidando el lenguaje del AMOR.

20 de mayo de 2018

Hna. Maria del Rosario (Roma) 

 

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